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VOCACIONES NATIVAS EN TIERRAS DE EMISIÓN (POSPA)

Las vocaciones nativas busca la formación de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en los territorios de misión, consciente de la necesidad que hay de extender la causa del Evangelio por todos los confines de la Tierra, pero especialmente en los países donde brotan estas vocaciones, ensangrentados por guerras, diezmados por el hambre y la enfermedad, pobres entre los empobrecidos, dominados por la corrupción y la explotación, sometidos a la injusticia y la represión, divididos por vergonzosas e injustificables desigualdades.

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La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, nacida en 1889 de las manos entregadas de Juana Bigard (1859-1934) y su madre, Estefanía Cottin de Bigard (1834-1903), constituye una propuesta tan innovadora, de apariencia, tan sencilla como inofensiva: garantizar la formación de los candidatos al sacerdocio y a la vida consagrada en los territorios de misión, para que ninguna vocación se pierda y, al mismo tiempo, se logre una más eficaz universalización de la evangelización.

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Juana Bigard fundadora de la Obra Pontificia de San Pedro Apóstol, nació en Normandía en una familia acomodada el 8 de diciembre de 1859. Su formación y su personalidad se deben en gran medida a su madre Estefanía quién le transmitió un vivo interés por la vida espiritual y compartió con ella todos sus compromisos y sacrificios. Juana desarrolló un profundo interés por los obreros del Evangelio.

Juana, que simpáticamente se apodó a sí misma “cabeza dura” por su tenacidad y obstinación, pronto comprendió que este compromiso por su perspectiva a largo plazo, requería de un movimiento organizado que se ocupase de ello: así entre 1889 y 1896, esta asociación tomará forma convirtiéndose en la Obra de San Pedro Apóstol.

El 12 de julio de 1895, el Santo Padre León XIII concedió la bendición apostólica a la Obra de San Pedro y a sus fundadoras y miembros. En julio de 1896, Juana preparó y publicó un folleto de 78 páginas sobre la Obra de San Pedro Apóstol para el clero indígena de las misiones, con el imprimátur de los obispos de Séez y Vannes.

La Obra se había convertido en una realidad viva de la Iglesia y el 3 de mayo de 1922, el Papa Pío XI reconoció como una obra misionera pontificia.

La Obra Pontificia de San Pedro Apóstol es el altavoz que propaga el clamor de quien se ha sentido llamado por Dios al sacerdocio o a la vida consagrada y reclama nuestra atención; es la aldaba que resuena en el interior de la comunidad católica para que esta abra sus corazones, manos y bolsillos a la causa de las vocaciones nativas. Que nadie se desentienda de este servicio, que es riqueza para todos.

Cada vocación es una historia de amor, entrega y servicio.

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